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Problemas de comportamiento y educar en las normas

PROBLEMAS DE COMPORTAMIENTO. 

NORMAS Y LÍMITES



DEFINIENDO CONCEPTOS
Un problema de comportamiento surge cuando un niño no se comporta como los adultos esperamos que lo haga en ese momento. Ese mismo comportamiento puede considerarse normal en otro contexto o en otro momento, o para otro padre o madre diferente. En estos problemas lo que ocurre es que entra en contradicción lo que el niño desea hacer con lo que nosotros, los adultos, deseamos que haga porque consideramos que es lo correcto, ésta sería la norma, es decir, el criterio que indica a una persona qué, como y cuando debe realizar una acción o tarea. A esa norma subyace siempre un límite o expectativa adulta acerca de lo que estamos dispuestos a tolerar.


¿POR QUÉ DEBEMOS EDUCAR EL COMPORTAMIENTO A TRAVÉS DE NORMAS?
Cuando hablamos de educar en normas, debemos tener presente que estamos participando en la construcción de los valores de nuestros hijos, del modelo de persona que queremos que sean y para ello es importante siempre ofrecer un marco familiar afectivo donde la familia pueda expresarse libremente, sin coacciones ni métodos punitivos que impidan su adecuado desarrollo.
Las normas son fundamentales en la educación y en el desarrollo de la personalidad, debido a que proporcionan seguridad y protección a los niños, les ayudan a regular y controlar las emociones y la conducta, les enseñan modos de comportamiento adecuados, crean referentes y valores sobre lo que es y es no apropiado y por último, son fundamentales para la vida adulta.


Al hablar de normas, debemos distinguir tipos de normas, por su trascendencia en el desarrollo moral de las personas así como para el buen funcionamiento de la convivencia. Cada familia establece su jerarquía y modos de convivencia que deben ser coherentes y respetados por todos los miembros. Por ello, distinguimos tres tipos de normas:
- Fundamentales: Son muy pocas, extremadamente claras, de cumplimiento obligado, invariables e innegociables. Ejemplo: valores como el respeto, la verdad, la escucha, etc
- Importantes: son poco numerosas y muy claras, pero son más flexibles en función de las circunstancias. Su cumplimiento debe ser inevitable pero algunos aspectos pueden variarse. Ejemplo: hacer sus deberes, la hora de acostarse…
- Accesorias: Regulan los aspectos circunstanciales de la vida doméstica. Pueden relativizarse sin afectar gravemente al funcionamiento familiar. Ejemplo: ordenar su cuarto, hacerse la mochila, poner la mesa, colaborar en casa…
En cuanto al establecimiento de las normas, éstas deben ser:
- Realistas: Deben ser posibles de cumplir, y también sus consecuencias.
- Claras: Deben ser entendidas para ser cumplidas. A veces hay que hacer un gran esfuerzo para que los niños las comprendan. Debemos ser comprensivos.
- Consistentes: Debe estar clara la importancia que se le da y hacer qué el niño también la comprenda y la comparta.
- Coherentes: Las normas han de ser coherentes entre sí, pues de lo contrario será difícil llevarlas a cabo.


¿CÓMO ACTUAR?
Pues bien, ante todo, es adecuado prevenir los problemas de comportamiento en los niños, es decir, actuar antes de que se produzcan. Para ello, deberemos preguntarnos algunas cuestiones:

- ¿Es verdaderamente tan importante o tan grave lo que hace para entrar ahora en una batalla? A veces los adultos somos demasiado estrictos y ponemos demasiadas normas. Esto no es posible de cumplir ni adecuado para el desarrollo de los niños.
- ¿Aquello que hace “son cosas de niños”? En ocasiones somos poco tolerantes con los comportamientos infantiles, queremos que los niños se comporten como adultos y esto no es posible. Los niños gritan, corren, se mueven, prefieren siempre jugar, intentan explorarlo y tocarlo todo. Estos son comportamientos normales. No podemos pretender que estén quietos, callados y sin tocar nada mucho tiempo. Quizá deberemos plantearnos a qué lugares les llevamos y si resultan aburridos o poco adecuados para ellos.

Si bien ya hemos tenido en cuenta las reflexiones anteriores y surge un problema de comportamiento, sería conveniente actuar acorde a los siguientes criterios:

1. Debemos actuar siempre con comprensión, intentando entender por qué nuestro hijo se comporta de esa manera, desarrollando la empatía. Aquí podemos incluso hacerle ver que le comprendemos, con frases del tipo: “Es normal que no quieras comer la verdura y prefieras patatas fritas, están más buenas” o “ Entiendo que no quieras ir al baño ahora, te lo estás pasando muy bien jugando”.

2. Al educar en la norma que consideramos importante, tendremos que explicar qué es lo que debe hacer y por qué debe hacerlo: “Ya sabes que todos los días nos bañamos porque llegamos sucios del colegio” o “Sabes que además de patatas necesitamos también comer verdura para crecer sanos”. Cuando un niño entiende el motivo de una norma como una forma de prevenir situaciones peligrosas para sí mismo y para otros, se sentirá más animado a cumplirla. Entendiendo la razón, los niños pueden desarrollar valores internos de conducta o comportamiento y crear su propia conciencia moral.

3. Es importante abandonar expresiones ambiguas o poco concisas como "pórtate bien" o "sé bueno", la cuales no tienen el mismo significado para todas las personas. Resulta más adecuado hablar de forma más concreta y con cierta objetividad, pues los hijos nos entenderán mejor si educamos en las normas de una forma más específica, del tipo: "Habla bajito que duerme tu hermano", "agárrate de mi mano para cruzar la calle" o “cumple lo que te pida la abuela”.

4. Ante el establecimiento de una norma, debemos actuar con cierta firmeza, indicando así que su cumplimiento es importante, esto conlleva un tono de voz seguro pero sin gritos, y un gesto serio en el rostro aunque sin enfados ni exageraciones emocionales. Es importante señalar que la firmeza no implica autoritarismo, sino seguridad y consistencia en aquello que estamos educando.

5. Debemos enseñar a los niños a tomar decisiones por ellos mismos, por esta razón podemos ofrecerles alternativas a las que accedan con mayor gusto. Si les ordenamos qué deben hacer siempre, difícilmente aprenderán a tomar decisiones personalmente. Podremos pensar opciones o alternativas válidas para cumplir la norma, por ejemplo: “¿te ayudo yo a bañarte y así lo hacemos más rápido para que puedas seguir jugando después o prefieres esperar 5 minutos más o después te bañas solo? En realidad 5 minutos no suponen un cambio en la norma. Con la comida podríamos ofrecerle comerse todo y elegir el postre por ejemplo, o bien, comerse menos y merendar fruta ese día en vez de otra cosa, etc.

6. Resulta muy adecuado enfocar la conducta en positivo. Algunas represiones directas como el "no" le indican a un niño que es inaceptable su actuación, pero no explica qué comportamiento es el adecuado, por lo que muchas veces no le estamos indicando cómo queremos que se comporten. En general, es mejor decir a un niño lo que debe hacer ("Habla bajito") antes de lo que no debe hacer ("No grites"). En ocasiones puede que la conducta no sea inadecuada, sino que lo sea en esa situación, por ejemplo el niño que salta en el sofá podemos decirle: “Puedes saltar pero en el suelo” o “puedes saltar el sábado que te llevaré a las camas elásticas”. Los padres autoritarios tienden a dar más órdenes y a decir "no", mientras los más democráticos o respetuosos suelen cambiar las órdenes enfocándolas en positivo.

7. Ante un incumplimiento es importante no desaprobar al niño, sino su conducta. Debemos dejar claro que nuestra desaprobación está relacionada con su comportamiento y no va directamente hacia ellos. Nunca debemos mostrar rechazo hacia los niños. Antes de decir "eres malo" o “eres tonto”, deberíamos decir "eso está mal hecho" o “eso es una tontería” (desaprobación de la conducta).

8. Por último, debemos tener en cuenta nuestro comportamiento como adultos. Éste debe ser coherente con las normas en las que queremos educar, pues actuamos de modelo ante nuestros hijos. No es adecuado querer que nuestros hijos cumplan una norma y nosotros hacer lo contrario. En este sentido, también es importante controlar nuestras emociones. Cuando estamos muy enfadados y no controlamos esta emoción, nuestra actuación puede resultar desproporcionada y/o contraproducente en nuestra labor educativa hacia nuestros hijos. Los padres que están muy enfadados castigan más severamente a sus hijos y son más propensos a tener conductas verbales y/o físicamente abusivas con sus niños. No se puede enseñar con eficacia si somos extremamente emocionales. Ante un comportamiento inadecuado, lo mejor es pensar con calma, y después preguntar con tranquilidad, sin prejuicios ni anticipándonos a las explicaciones.


REACCIONES HABITUALES FRENTE A LAS NORMAS
Ante todo, debemos confiar en que el niño cumplirá con las norma sin necesidad de establecer castigos por su incumplimiento. De no ser así, podemos animar a su cumplimiento con frases del tipo: “veo que no te has bañado todavía, ¿Qué ha pasado? Yo espero que te bañes”. Si continúa en el incumplimiento, deberemos plantearnos la causa del mismo, pues puede que ésta sea razonable (no sale agua caliente, no puede desabrocharse la ropa, etc.). Si no lo es, entonces deberemos pensar qué está pasando, pues los niños normalmente intentan siempre agradar al adulto que le trata con comprensión y respeto. En este caso, pueden estar influyendo otros factores de tipo emocional o psicológico ajenos al proceso normativo (celos de un hermano, actitudes reactivas ante un estímulo desagradable para el niño (no quiere ir al colegio), cambios familiares (separaciones o nuevas estructuras), rechazos o miedos, emociones frustradas, incapacidad para expresar su enfado de otro modo, etc.) Deberemos estar atentos a estos elementos, pues la causa no está en la norma y forzarle a su cumplimiento no solucionará el problema inicial.

En ocasiones, los niños pueden oponerse a las normas mediante insultos, malas contestaciones, rabietas, pataletas, gritos… Algunos de estos comportamientos pueden ser aprendidos o imitados, en otros casos responden a una “explosión emocional” que no saben controlar adecuadamente. Emociones como la ira, la frustración, la angustia o el miedo que pueden aparecer ante el establecimiento de una norma, responden de forma contraria a sus intereses, pudiendo ocasionar una gestión inadecuada de sus impulsos y comportamientos, lo que les lleva a estas reacciones señaladas. Es importante comprender la situación de los niños y su incapacidad para controlar sus emociones y conductas, así como nuestra responsabilidad en que lo aprendan adecuadamente.


¿Qué hacer ante estas situaciones?

- No responder con insultos, gritos o malas contestaciones, pues les enseñaremos que ésta es una buena reacción ante situaciones adversas, en su lugar deberemos mostrarnos reflexivos y controlados.
- Intentar descubrir la causa de su comportamiento, preguntarle qué le ocurre, o por qué se comporta de esa manera.
- Expresar tranquilidad y reflejar la situación sin juzgarle
- Actuar con comprensión y empatía: “Entiendo que te enfades…”. De esta manera estaremos validando sus emociones, pero a la vez enseñándole el camino más correcto.
- Mostrar disponibilidad y ayuda para que aprenda a controlarse: “Cuando te tranquilices intentamos solucionarlo, yo quiero ayudarte” “Debes calmarte y hablamos”. Deben ver en nosotros una ayuda para aprender a gestionar sus emociones y conductas, no un enemigo en la batalla.
- Mostrarle cuál debe ser su conducta, para ello podemos ayudarle indicándole cómo se puede comportar, o darle opciones para que cumpla la norma previamente ya explicada.
- Actuar según los criterios indicados anteriormente.


Cristina Molinero Pérez.
Psicóloga.
Departamento de Orientación.
Colegio Santa Gema Galgani.

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Cómo ayudar a controlar la impulsividad en los niños


CÓMO CONTROLAR LA IMPULSIVIDAD EN LOS NIÑOS

La impulsividad es un rasgo del temperamento o personalidad de cada uno y que, no siempre, deberíamos atribuirle directamente una connotación negativa. La impulsividad en muchos niños se manifiesta con una gran intensidad y frecuencia, llegando a alterar la convivencia y condicionar la vida de los padres que la sufren. Es un hecho evidente que, además, la impulsividad parece manifestarse en niños cada vez más pequeños, si bien, esto puede atribuirse, en parte, a los actuales estilos de vida y también, en algunos casos, a una falta de recursos o conocimientos por parte de los padres o educadores que simplemente se ven desbordados y no saben como afrontarlo. Por ello, es cada vez más frecuente, buscar ayuda profesional.

Normalmente, la impulsividad viene acompañada de hiperactividad y déficit de atención en lo que denominamos: TDAH y esto puede ser la antesala de problemas de aprendizaje, conductas disruptivas y, más adelante, agresivas o delictivas. Sin embargo, hasta los 5/6 años aproximadamente resulta muy complicado realizar este tipo de diagnósticos. Por ello, sea como fuere, hay niños que presentan dificultades para reprimir sus impulsos y emociones (de alegría, enfado, miedo, etc.) y esto les conlleva conflictos tanto en el ámbito familiar como en el escolar.

Antes de valorar si estamos ante un niño impulsivo, debemos tener en cuenta si este comportamiento conlleva numerosos conflictos o dificultades a nivel de relación social, escolar, cumplimiento de las normas o adaptación general. De no ser así, puede tratarse simplemente de una característica de dinamismo en la personalidad del niño que no requiera de una intervención especial, sino de cierta comprensión por parte de los adultos así como espacios y recursos para poder expresarse libremente, ofreciéndole alternativas a su forma de expresar las emociones, enseñarle modos de expresión más adecuados, validando sus emociones y reforzando los logros que vaya consiguiendo. En cualquier caso, podrán resultar útiles algunas de las estrategias que se comentan a continuación.

Características de los niños impulsivos:
 • La principal característica es la falta de reflexión ante sus actos, esto es primero lo hace y luego lo piensa. • Se precipita en sus respuestas. Contesta ante una pregunta antes de acabar de oírla.
• Son muy impacientes. Tienen dificultades para aguardar el turno en los juegos o en una fila.
• Tienen mal perder. No soporta que le ganen.
• Suelen interrumpir o estorbar a los demás. Se inmiscuyen en otros juegos o conversaciones.
• Baja tolerancia a la frustración.
• Mantienen escaso autocontrol de su conducta.
• Suelen presentar actitudes de desobediencia, negativismo y oposición a las normas.
• Puede involucrarse en actividades físicas peligrosas sin valorar sus consecuencias.
• En niños pequeños se dan fuertes rabietas incontroladas.

Cómo actuar
• En primer lugar, debe quedar claro que el niño tiene dificultades para regular su estado de activación. Por eso siempre suelo recordar que: “No es tanto que no quieran autocontrolarse sino que no pueden”. Una vez activados tienen que efectuar alguna acción (rabietas, huída, agresión, lanzamiento objetos, etc.). Ello no quiere decir que seamos tolerantes, sino que desde la comprensión de lo que pasa podemos ayudarle de forma más eficaz. A este respecto, hay que señalar, que la mayoría de niños impulsivos suelen luego arrepentirse y se comprometen a no volver a hacerlo cuando se lo razonamos. No obstante, vuelven a recaer en los mismos comportamientos disruptivos al tiempo que manifiestan una cierta perplejidad o inquietud al verse superados por sus propios actos y no saber por qué vuelve a ocurrir.
• El niño debe aprender, aunque aceptemos el hecho de que tiene dificultades para controlarse, que sus actos tienen consecuencias. Por ello, contingentemente a las conductas deberemos establecer unas consecuencias inmediatas (recuperación del daño, etc.). Por ejemplo si ha lanzado objetos, deberá recogerlos y colocarlos en su lugar; si ha insultado deberá pedir disculpas, etc.
 • Es muy importante que cuando se produzca un episodio de impulsividad extrema (rabieta, insultos, etc.) los padres, maestros o educadores mantengan la calma. Nunca es aconsejable intentar chillar más que él o intentar razonarle nada en esos momentos. Esto complicaría las cosas. Tenemos que mostrarnos serenos, tranquilos y sobretodo, comprensivos. Por ejemplo, ante las rabietas incontroladas de los más pequeños, decirle: “Entiendo que te moleste/enfade. Mamá (o papá) están aquí para ayudarte, pero no te entienden cuando te pones así. Si te calmas, podremos hablar y ayudarte”. Los padres se mantienen firmes junto al niño evitando posibles peligros derivados de su conducta. No entrar en discusiones o razonamientos en el momento de activación por parte del niño. De esta forma, el niño, recibe un mensaje muy claro: Te queremos y queremos ayudarte, pero de esta manera no se consiguen las cosas.
• Contingentemente a estas actuaciones, también podemos introducir las consecuencias que se hayan establecido.
• Nunca decirle que es malo sino que su comportamiento no ha sido adecuado o que se ha portado mal durante unos momentos y que eso puede arreglarlo en un futuro si se empeña en ello. Tampoco hay que compararlo con otros niños que son más tranquilos y se portan bien. En todo caso, recordarle primero los aspectos positivos que probablemente tiene al mismo tiempo que le señalamos los que debe corregir.
• Hay que insistir en la necesidad de mostrarnos tranquilos delante del niño cuando queramos corregir sus actos. Si éste percibe en nosotros inseguridad, falta de comprensión o discrepancias entre los padres u otros, percibirá esa inseguridad y las rabietas u otras conductas podrán incrementarse. Es preferible que no nos alteremos emocionalmente (chillando, llorando o fuera de control), ni que actuemos de forma contradictoria a cómo indicamos el comportamiento: No podemos pedirle a gritos a un niño impulsivo que se esté quieto y callado.
• No basta con saber contestar adecuadamente a sus conductas impulsivas. Estos niños requieren también que les expliquemos qué es lo que les pasa y qué puede hacer. Las reflexiones sobre los hechos nunca deben ser hechas en caliente sino en frío cuando las cosas se han tranquilizado. Un buen momento es por la noche antes de acostarse.

Estrategias para corregirla
Recordar que la impulsividad como rasgo de temperamento puede deberse, en parte, a predisposiciones genéticas pero la propia experiencia vital del niño y las condiciones de su entorno determinarán, la intensidad, frecuencia y forma en la que finalmente se expresa. Un ambiente familiar tranquilo y colaborador es el mejor aliado para corregir conductas.

Veamos ahora algunas estrategias para ayudar a los niños impulsivos a regular sus conductas según edad. Para los más pequeños (hasta 5 o 6 años) ante las manifestaciones impulsivas (rabietas, gritos, lloros, etc.) deberemos aplicar la validación de la emoción, la comprensión de la situación y la educación en la norma acerca de cómo debe comportarse, tal como hemos explicado anteriormente.

Deberemos completar el trabajo con ejercicios de vinculación afectiva como leerles cuentos, efectuar ejercicios de relajación por la noche antes de dormir, etc. En estos momentos es cuando podemos razonar con ellos y analizar lo que ha pasado, siempre, pero, a medida de la edad y capacidad del niño. A los más pequeños les costará entender los razonamientos basados en la lógica o moral adulta, por tanto, evitar excesivas explicaciones.

Es importante, también, que empecemos a trabajar con ellos las sensaciones internas que preceden a las manifestaciones impulsivas. Si el niño va tomando conciencia de ello podrá más fácilmente aplicar en el futuro técnicas de autocontrol. Dicho de otra forma: Si el niño logra detectar su estado de activación fisiológica previa al episodio disruptivo, podrá poner en marcha alguna de las estrategias incompatibles con el estallido impulsivo y, por tanto, evitar su manifestación.

Veamos algunas formas de hacerlo a continuación.

a) El Volcán
Muchos niños identifican la sensación que viven justo antes de “explotar” como una especie de calor interior intenso e incontrolable acompañado de fuertes emociones que no pueden reprimir y preceden irremediablemente al episodio disruptivo. Una buena estrategia para que el niño empiece a tomar conciencia del problema y pueda comenzar a controlarlo, consiste en hacerle visualizar todo el proceso en forma de imágenes.
Podemos ayudar al niño a imaginarse que en su interior hay un volcán que representa toda su fuerza y energía, pero, a veces, se descontrola y se produce la erupción. Cuando empieza a enfadarse, el volcán (que estaría situado de forma imaginaria en la zona del estómago) se calienta y empieza a producir lava caliente hasta el punto que, si no lo controlamos, estalla. De lo que se trata es de ayudar al niño a que identifique las propias sensaciones internas previas al estallido y, así, poder controlarlo.
Una vez que el niño se ha ido familiarizando con estas sensaciones podemos motivarle a que ponga en marcha recursos para parar el proceso. Debemos, pues, encontrar también, cuales son las estrategias que funcionan mejor con cada niño a la hora de hacer frente a la impulsividad y autocontrolarse. Hay estrategias muy simples que consisten en enseñarle a que cuando note la activación intente respirar varias veces profundamente al tiempo que se da interiormente autoinstrucciones (Para, Stop, Tranquilízate, Contrólate, etc.).
Esta técnica suele ser muy eficaz si, además, hemos trabajado con el niño alguna técnica de relajación. Para niños muy impulsivos, es probable que les cueste cierto tiempo y práctica desarrollar estos hábitos. En estos casos, podemos darles también la instrucción de que cuando se noten muy activados intenten separarse físicamente de la situación como método para tratar de evitar el episodio (apartarse de un niño que le insulta, ir a su habitación ante una reprimenda, etc.). Todo ello debe llevarse a cabo bajo supervisión del adulto y teniendo en cuenta la edad del niño. Los niños más pequeños (menos de 5 años) tendrán más dificultades para trabajar con autoinstrucciones.

b) El Semáforo
Uno de los problemas recurrentes que nos encontramos cuando trabajamos con niños impulsivos y/o hiperactivos es que no son conscientes de su estado de activación y eso les conduce irremediablemente al conflicto. Esto es especialmente problemático en la escuela. Una estrategia que suele funcionar, es la técnica del semáforo. La estrategia es simple: se trata de avisar al niño cuando se está empezando a activar. Imaginemos la siguiente situación: Juan es un niño de 8 años muy impulsivo e hiperactivo. Difícilmente aguanta quieto en su sitio más de 5 minutos en clase.
La maestra lo ha castigado sistemáticamente pero el niño parece ya insensible al castigo. Tampoco sabe decirnos el motivo que le impulsa a levantarse y, a veces, molestar a los compañeros con los que acaba entrando en conflicto. En este caso, la maestra, puede decirle al niño privadamente que como no desea castigarle más y quiere ayudarle a controlarse, van a establecer una especie de “pacto secreto”: Voy a colocar en la pizarra (pared, panel u otro) un papel (o cartulina cortada en redondo) que irá cambiando de color según como tu estés. Cuando veas la verde es que todo va bien. Si ves la amarilla: ¡Precaución! debes tener cuidado ya que eso indica que estás empezando a ponerte nervioso. Finalmente, si colocamos la roja, quiere decir que no hemos podido controlarnos, hemos hecho algo sobre lo que habrá que pensar y buscar una solución.
En la escuela ordinaria, puede ser más adecuado utilizar como señal de aviso (en lugar del color amarillo) algún movimiento concreto del maestro/a. Este método es más discreto y tiene la ventaja que suele pasar desapercibido por el resto del grupo. Por ejemplo: “Cuando veas que te miro y doy dos golpecitos con mi bolígrafo, etc…” Lo importante aquí es trabajar en la identificación de las sensaciones previas a las conductas impulsivas y fomentar en el niño su reconocimiento como paso previo a la incorporación de recursos de autocontrol. Si el niño ha trabajado, paralelamente, alguna técnica de relajación o estrategia alternativa de afrontamiento, podrá intentar ponerla en marcha cuando note la activación o se le avise de ella. Por ejemplo podemos (según edad y características del niño) enseñarle a que cuando se note activado procure respirar profundamente al tiempo que se da autoinstrucciones: “Tranquilo”, “Cálmate”, etc…
En casos de niños especialmente conflictivos podemos darle instrucciones para que se separe físicamente de la situación o vaya fuera a un espacio abierto. La técnica del semáforo es muy adecuada también para utilizarla en dinámicas grupales en las que todos los niños reciben las instrucciones y así conseguir una cierta autorregulación del grupo en casos en los que haya riesgo de conflicto.

c) La Relajación
Uno de los mejores aliados para ayudar a los niños impulsivos, lo constituyen, sin duda, los diferentes métodos de relajación. Podemos utilizar técnicas adaptadas a las diferentes edades y necesidades. Además la relajación, bien efectuada, no presenta ningún tipo de contraindicación y puede ser aplicada a la mayor parte de la población.

d) Canalizar la energía
La impulsividad, hemos ya comentado, que podemos interpretarla como un estado de activación que nos prepara, a nivel orgánico, para una respuesta inmediata ante una situación que no toleramos o interpretamos como hostil a nuestros intereses o hacia nosotros mismos. No obstante, esta pronta activación, puede ser especialmente útil si se canaliza en forma de actividades reguladas. Por ejemplo, en cualquier actividad deportiva, los niños impulsivos pueden beneficiarse si aprenden a canalizar esta activación para potenciar sus destrezas. Las artes marciales que combinan concentración y despliegue de fuerza inmediata pueden ser especialmente útiles para aprender a controlar impulsividad (salvo en el caso de niños que, además, presente un componente antisocial o de agresividad con las personas). En definitiva, cualquier práctica deportiva es especialmente útil en estos niños y nos ayudará a regular su comportamiento.

e) Ejercicios para potenciar aprendizaje
El niño impulsivo no tan sólo presentará problemas en su conducta sino que su perfil de funcionamiento, le acarreará dificultades en aquellas tareas que requieren de atención sostenida (lectura) o coordinación visomotriz fina (escritura). Por tanto, resulta de suma importancia trabajar, también desde casa, con ejercicios para mejorar estos aspectos. Al respecto, recomendamos ejercicios de papel y lápiz como (según edad), el pintado de mandalas, los laberintos, ejercicios de discriminación de las diferencias, etc. Podemos también trabajar con diferentes juegos en el ordenador siempre y cuando la actividad priorice la atención sostenida y la organización del material presentado visualmente bajo algún criterio antes de efectuar la respuesta. Es decir, no nos interesan los juegos demasiado movidos o que priorizan los reflejos visuales más que los racionales. El niño primero debe pensar y organizar antes de ejecutar la respuesta (demora de la respuesta = control de la impulsividad). Otro recurso que nos puede ayudar son los juegos de mesa, especialmente el juego de Damas y el Ajedrez. En ambos, es necesario pensar antes de responder (lo contrario a la impulsividad), además, los niños, deben situarse en unas coordenadas espaciales para mover las fichas, lo que incrementa su capacidad visomotriz.

 Cristina Molinero Pérez.
Psicóloga.
Departamento de Orientación
Colegio Santa Gema Galgani

Fuentes consultadas: www.psicodiagnosis.es - www.guiainfantil.com
Bibliografía: La crianza feliz (Rosa Jové)Editorial La esfera de los libros / CÓMO EDUCAR HIJOS FELICES. Anne Chatelaine. Editorial Robin Book.